Nota de opinión por Damián Perassi.
El fútbol siempre fue mucho más que un juego. En una cancha no solo corren once jugadores detrás de una pelota: también corren historias familiares, desplazamientos, guerras, crisis económicas, decisiones políticas y búsquedas de futuro.
Por eso, mirar el Mundial actual es también mirar el mapa migratorio de los últimos 30 años. Las selecciones nacionales ya no son una fotografía cerrada de una identidad única, sino una síntesis viva de sociedades atravesadas por la globalización.
Alemania es un caso claro. Durante décadas, su selección representó una idea más tradicional de lo alemán. Hoy, en cambio, conviven jugadores con raíces turcas, africanas, polacas, balcánicas o ghanesas. No es una anomalía deportiva: es el reflejo de una transformación social profunda.
Lo mismo ocurre con Francia, quizás el ejemplo más potente. Su selección expresa como pocas el peso de la inmigración africana, árabe y caribeña. La Francia campeona ya no puede explicarse sin sus periferias urbanas, sin sus hijos de migrantes, sin esa mezcla que muchas veces incomoda al debate político, pero que en el deporte se vuelve virtud competitiva.
Inglaterra, Bélgica, Países Bajos, Suiza, Estados Unidos, Canadá o Marruecos muestran versiones distintas del mismo fenómeno. En algunos casos, los jugadores son hijos de migrantes nacidos en el país que representan. En otros, nacieron en Europa pero eligen defender la camiseta del país de sus padres o abuelos.
Desde la mirada política, el Mundial plantea una paradoja fascinante: se juega bajo banderas nacionales, pero con protagonistas formados por trayectorias globales. El Estado-nación sigue siendo el marco emocional, pero la identidad de sus jugadores ya no entra completa dentro de una frontera.
No se trata de decir que las selecciones perdieron identidad. Al contrario: muestran que la identidad nacional cambió. Hoy una camiseta puede representar sangre, memoria, territorio, crianza, herencia y elección personal al mismo tiempo.
El Mundial moderno ya no enfrenta solamente a países. Enfrenta historias migratorias, modelos de integración, pasados coloniales, políticas de ciudadanía y nuevas formas de pertenecer.
Y tal vez ahí esté una de las grandes enseñanzas del fútbol: mientras la política muchas veces discute la inmigración como problema, la cancha la muestra como realidad. Y, en muchos casos, como potencia.



