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El hartazgo convertido en esperanza: Ni Una Menos

Nota de opinión por Luisina Flores Piazza.

Cada cierto tiempo, con una frecuencia indescifrable, aparece un caso, un nuevo caso, uno más de esos que suceden cada 36 horas, que estremece una fibra colectiva, que logra prender fuego los corazones que gritan de furia. Es un grito de hartazgo, de dolor y de miedo, también es un grito de impotencia. Aunque en realidad, es un grito que engendra la máxima potencia transformadora de los últimos años. Un grito al que a veces parece ganarle la desazón por el presente, hasta que vuelve a pasar ese tiempo indescifrable en que la fibra colectiva se vuelve a estremecer y el grito nuevamente ensordece, cada vez, más potente. 

Todos los Ni Una Menos son distintos. Quienes solemos ir a estas marchas sabemos que es un día que atraviesa, que el grito colectivo tiene efectos concretos en nuestro cuerpo. Sabemos del nudo en la garganta, del dolor en el pecho, de la necesidad de abrazar a la que tenemos al lado, de gritar una canción o de quedarnos absortas tratando de entender la dimensión del momento. Cada año, cada Ni Una Menos tiene su sensación. No volves a tu casa de la misma manera en la que te fuiste.

Este Ni Una Menos fue especial. Muchas temíamos que pase desapercibido, y, como si fuera poco, fue una semana de profundo dolor por las vidas arrancadas de Agostina Vega, Noelia Romero y Dulce Candia. 

Sin embargo ese ciclo indescifrable volvió a su inicio. Nuevamente el grito de hartazgo colectivo copó las calles, la agenda mediática y la conversación pública. Este año el grito de furia vino con esperanza. La novedad fue la esperanza. Al llegar a la cita planteada en cada ciudad, había miradas de 360 grados colmadas de asombro, aún nadie lo decía, pero todas lo percibíamos: había mucha gente. Resurgió la potencia de lo colectivo y, personalmente, después de bastante tiempo volví a tener la certeza de que nosotras podemos vivir la vida que queremos vivir en la sociedad que merecemos tener y que vamos a construir. Había muchas mujeres que marchan cuando la injusticia les cala los huesos y muchas mujeres militantes que año a año – sea como sea que esté el humor social – visibilizan las injusticias, todas teníamos en común la necesidad de encontrarnos. 

El encuentro fue masivo, y por eso la esperanza es la novedad. Porque el encuentro sucedió en un momento en que la relación entre sociedad e individuos está rota. Los lazos de solidaridad parecen acortarse, el sentido común ya no es tan común, la salud mental está deteriorada y el ocio está plagado de algoritmos que nos aislan. En ese contexto las mujeres logramos un encuentro disruptivo y absolutamente anti-epocal. Mientras una senadora nacional tiene como principal bandera atemorizar a las mujeres por denunciar las violencias sufridas y que la perspectiva de género parece que no garpa, miles y miles de personas nos encontramos para exigir más presencia del Estado, reivindicar la Educación Sexual Integral y hacer un ejercicio de memoria colectiva por cada mujer y cada niña que este sistema perverso nos arrebató. 

Es imposible tener perspectiva histórica en el momento en que suceden las cosas y la magnitud del 3 de junio de 2026 la determinará el tiempo, pero hoy estoy convencida de que fue un punto de inflexión, de que algo en las bases de nuestra sociedad se despertó, una mecha se encendió. Ni una menos: el grito que engendra la máxima potencia transformadora. 

VIVAS Y LIBRES NOS QUEREMOS. 

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