
Opinión por Martin Mader
No por medio de un consejo de un amigo, ni un libro que surgió en medio de una charla, ni una película encontrada por casualidad en la cartelera de un cine, sino ese descubrimiento genuino que solo ocurre cuando uno se aparta, aunque sea un poco, del camino que ya venía trazado.
Cada vez sucede con menos frecuencia, y no por falta de opciones, dado que la oferta en redes es infinita, pero detrás de cada pantalla hay un plan bastante precioso y minucioso para nosotros. Basta con escuchar una canción para que aparezcan veinte parecidas; con mirar un video para que lleguen cien más sobre el mismo asunto. Nos venden la idea de que el algoritmo nos conoce. En verdad, apenas nos repite —y repetir, conviene recordarlo, no es lo mismo que conocer—.
La verdadera riqueza de la cultura siempre estuvo en otra parte, en el encuentro con aquello que todavía no sabíamos desear. En una librería donde un libro cae de un estante porque alguien lo dejó, sin querer, en el lugar equivocado. En la conversación que sigue a una película, cuando dos miradas distintas discuten sobre lo mismo. En el autor desconocido que aparece una tarde en un club de lectura y termina, sin que nadie lo previera, cambiándonos la manera de mirar el mundo.
La cultura, a diferencia del algoritmo, no busca confirmar nuestros gustos, los expande. Es una diferencia que parece mínima y sin embargo lo cambia todo, visto que el algoritmo trabaja sobre nuestros hábitos, mientras que la cultura trabaja sobre nuestra imaginación; uno parte de lo que ya hicimos, la otra abre la posibilidad de hacer, por primera vez, algo distinto.
Por eso las librerías, las bibliotecas, los teatros, los cines, los museos —cualquier espacio donde las personas todavía se encuentran cara a cara— siguen siendo profundamente necesarios. Son los territorios donde todavía puede ocurrir lo inesperado.
Las redes sociales nos mantienen cerca de quienes piensan, escuchan y consumen como nosotros. Los espacios culturales hacen exactamente lo contrario: nos sientan junto a desconocidos, nos enfrentan a historias ajenas, nos obligan a convivir, aunque sea por un rato, con una idea que quizás jamás hubiéramos elegido por nuestra cuenta. Ahí, en esa fricción, empieza a construirse algo parecido a una comunidad.
Defender esos encuentros no implica rechazar la tecnología —sería una discusión mal planteada—. Hoy leemos, escribimos y compartimos más que nunca gracias a lo digital. El problema empieza cuando confundimos el acceso con la experiencia, la recomendación con el descubrimiento, la conexión con el encuentro real. Hay cosas que una pantalla puede acercarnos, pero no reemplazar. Entonces un libro no es solamente un texto, es también la conversación que se teje alrededor de ese texto; una librería no es solamente un comercio, es el lugar donde el librero te dice «llevate este, creo que te va a gustar» y, con esa frase mínima, tuerce el recorrido que ya venía escrito para vos.
Podemos pensar que la verdadera rebeldía cultural de nuestro tiempo consiste, precisamente, en eso: salir, encontrarse, perder un poco el tiempo, entrar a un lugar sin saber qué vamos a hallar allí dentro. El algoritmo sabe, con exactitud casi incómoda, lo que ya nos gusta. La cultura, en cambio, todavía puede enseñarnos a desear algo completamente distinto.



