
Nota de opinión por Débora Contadin, profesora de historia.
El Campo de la Gloria es parte de nuestra identidad sanlorencina y de nuestro paisaje cotidiano: el fondo de las fotos de picnic, el punto de encuentro con amigas, el espacio verde que habitamos a diario. Miramos el Paraná desde allí, muchas veces sin reparar en lo que ocurrió sobre esa misma tierra. Es comprensible: la rutina apura, las cuentas pesan y el día a día impone sus urgencias. Cada agosto, la efeméride invoca el bronce conocido: el Libertador, el Santo de la Espada, el estratega militar impecable. Sin embargo, congelar a San Martín en el pedestal de la estatua ecuestre es, paradójicamente, una forma de neutralizarlo.
Si su figura aún tiene algo urgente que decirnos, no es desde el mármol del pasado, sino interpelando los desafíos de nuestro presente. En una América Latina atravesada por desigualdades profundas, discursos de odio y el repliegue sobre la individualidad, San Martín no necesita estatuas más altas, sino preguntas más urgentes e incómodas. La historia sólo cobra sentido si sacude el presente; si no satisface la picazón de los interrogantes contemporáneos, queda reducida a una bella reliquia. Y si hay un lugar en nuestra Patria Grande donde la historia no es un cuento lejano sino un suelo que se pisa todos los días, es aquí, en San Lorenzo.
La narrativa oficial suele centrarse en la genialidad táctica del líder, pero el bautismo de fuego de los Granaderos a Caballo jamás fue la obra de un hombre providencial, sino una construcción colectiva y popular. San Martín lo entendió con claridad: la libertad no la financiaron las oligarquías portuarias, sino el cuerpo y el compromiso de las mayorías invisibilizadas. Hablar de San Martín es hablar de Juan Bautista Cabral. Su figura encarna la centralidad de ese «bajo pueblo» en la historia: un joven correntino de origen afroindígena que no dudó en interponer su cuerpo entre las bayonetas enemigas y un San Martín atrapado bajo su caballo. En ese instante germinal, el destino del proyecto emancipador de todo un continente no quedó en manos de la alta diplomacia, sino en los brazos y el coraje desinteresado de un soldado raso que puso el cuerpo por el otro. Eso es verdadero patriotismo.
Fue ese bajo pueblo —los afrodescendientes que formaron los regimientos de libertos, los pueblos originarios a quienes San Martín llamó “nuestros paisanos”, los campesinos, los artesanos y las troperas— el que sostuvo el peso de la historia. En criollo, la libertad no la hizo un solo tipo a caballo; la empujaron entre todos: negros, indios, campesinos, mujeres. Los invisibles. Mejor dicho, invisibilizados.
A esta mirada debemos sumar también el rol clave de las mujeres: las enfermeras, costureras, espías y luchadoras como María Remedios del Valle, o las pobladoras que alimentaron y cuidaron a las tropas. A no confundirse: preguntarle a San Martín desde la perspectiva de derechos humanos y de género no es juzgar al siglo XIX con varas del XXI, es hacer justicia histórica y reconocer que el proyecto de emancipación popular solo es posible cuando se cuidan los lazos comunitarios y la libertad no es el privilegio de unos pocos.
San Martín comprendió que la libertad formal sin derechos sustantivos es una ilusión: abolir la servidumbre, consagrar la libertad de vientres y fomentar la educación formaron parte del mismo proyecto integrador. Esta mirada profundamente social se extendió al Plan Continental. No se trata solo de una audaz maniobra militar para cruzar los Andes y liberar Chile y Perú; fue la materialización práctica de un pensamiento integracionista. Ningún país del continente podía ser verdaderamente libre en la soledad. Hoy, frente al aislamiento o el alineamiento acrítico con potencias extranjeras, la respuesta sanmartiniana recuerda que la soberanía -económica, política, ambiental y cultural- exige una escala regional y solidaria.
Asimismo, en una actualidad fracturada por personalismos, su decisión de no intervenir en guerra civiles y optar por el exilio resuena como una lección ética insoslayable. Prefirió el ostracismo antes que la acumulación de poder a costa del derramamiento de sangre de su propio pueblo. En tiempos donde se intenta imponer que cada uno debe salvarse solo y que el de al lado es un rival o un ajeno, la invitación es a inspirarnos en la historia que late desde las entrañas de nuestras barrancas.
Preguntarle hoy a San Martín no es ponerse a repasar batallas, o por lo menos no recuperarlo solamente por esas gestas realmente épicas. Es también mirar al prócer como humano. Un humano extraordinario, comprometido, con ideales y sueños, con miedos y frustraciones, con proezas y dolores. Un humano que inspiró a su sargento a dar la vida por él. Necesitamos imperiosamente compartir la convicción que movió a San Martín, Cabral y tantos otros y otras en nuestras barrancas: poner el cuerpo por la comunidad, tender la mano y cuidar la vida de los demás frente a la crueldad o la indiferencia. Empatía, solidaridad, compañerismo y esfuerzo compartido.
Conmemorar a San Martín hoy exige ir más allá del bronce y traerlo al barro de nuestras discusiones y contradicciones actuales. Su figura nos interpela sobre temáticas tan urgentes como la igualdad económica y de género -¿cómo hablar de independencia cuando persistimos en niveles estructurales de pobreza y desigualdad en la región?-, los derechos ambientales -¿cómo defender el territorio latinoamericano sin proteger sus recursos naturales frente al extractivismo depredador?-, la democracia -¿cómo construir liderazgos capaces de poner el proyecto colectivo por encima de cualquier ambición personal?-.
San Martín no nos dejó un dogma; nos dejó un programa incompleto. Y la responsabilidad de continuarlo, todos los días, con las acciones más cotidianas. Que la memoria de San Martín y de su tropa popular siga caminando por las calles de San Lorenzo, entre nosotros y nosotras, no como una estatua lejana, sino como un compromiso vivo para seguir construyendo una ciudad, un país y una América Latina más justa, diversa y solidaria.



