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10 de julio de 1964: el día en que Liverpool volvió a abrazar a sus Cuatro Muchachos

El 16 de enero, el 6 de julio y el 10 de julio compiten, desde hace años, por el privilegio de ser considerados el Día Internacional de The Beatles.

Para muchos fanáticos, la fecha es el 16 de enero, aniversario de la inauguración del Cavern Club, el legendario sótano donde John, Paul, George y Ringo terminaron de forjar su identidad musical actuando, entre el 9 de febrero de 1961 y el 3 de agosto de 1963, nada menos que en 292 oportunidades.

Los británicos, en cambio, suelen inclinarse por el 6 de julio, cuando un adolescente llamado John Lennon conoció a otro llamado Paul McCartney durante una fiesta organizada por la iglesia St. Peter, en el barrio de Woolton. Aquel encuentro cambió para siempre la historia de la música.

Pero existe una tercera fecha que también tiene sobrados méritos para ser celebrada: el 10 de julio de 1964, el día en que The Beatles regresaron a Liverpool después de conquistar los Estados Unidos y volvieron a caminar por las calles donde habían crecido, apenas cuatro días después del estreno londinense de «A Hard Day’s Night», la primera película que los tuvo como protagonistas y que retrata el frenesí de la Beatlemanía y la rutina diaria de la banda.

¿Es una fecha oficial? En realidad, no. Pero siendo sinceros… tampoco hace falta una resolución internacional para encontrar un motivo más para celebrar a la banda más influyente de todos los tiempos.

Back in… Liverpool

Aquella tarde, The Beatles aterrizaron en el aeropuerto de Speke procedentes de Londres. Ya nada era igual.

A la mañana había salido a la venta «A hard days’night», el tercer álbum Beatle, y también, el disco simple con la canción homónima en el lado A del mismo.

Los cuatro muchachos que apenas unos años antes viajaban en colectivo o caminaban por esas mismas calles regresaban convertidos en el fenómeno musical más grande del planeta. Solamente en el aeropuerto los esperaban tres mil personas.

Paul McCartney recordaría años después aquella sensación de volver a casa convertido en alguien completamente distinto: «Cuando aterrizamos vimos gente por todos lados, como si llegara la realeza. Era increíble. Eran las mismas calles por las que de chicos caminábamos para ir al cine o salíamos con alguna chica… y ahora había miles de personas esperándonos. Era raro porque era nuestra propia gente, pero fue maravilloso».

Sin embargo, antes de regresar existía una pequeña inquietud: «No estábamos demasiado preocupados por volver a Liverpool. Habíamos escuchado algún comentario de gente que pensaba que los habíamos traicionado por irnos a vivir a Londres. Pero detractores siempre hubo», recordaría también Paul.

Desde Speke hasta el Ayuntamiento, la ciudad prácticamente se paralizó. Unas 200.000 personas, cerca de una cuarta parte de toda la población de Liverpool, se ubicaron a lo largo del recorrido para saludarlos. En varios sectores, la multitud desbordó los cordones policiales mientras la caravana avanzaba lentamente entre gritos, aplausos y lágrimas. Sí, lágrimas, ¿o acaso nunca vieron imágenes de algún concierto de ellos, llenos de primeros planos de chicas casi en estado de histeria?

Paradójicamente, quien menos cómodo se sentía con semejante recibimiento era John Lennon: «La verdad es que no nos gustaba demasiado volver a Liverpool. Ser los héroes locales nos ponía nerviosos. En los conciertos siempre había gente que conocíamos y nos daba vergüenza aparecer con esos trajes impecables. Nos preocupaba que nuestros amigos pensaran que nos habíamos vendido… y, en cierto modo, algo de eso había».

Era John en estado puro: honesto, incómodo con los homenajes y dispuesto a decir en voz alta aquello que otros apenas pensaban.

A las 18:55, con unos minutos de demora respecto del horario previsto, los Beatles llegaron finalmente al Ayuntamiento. Los aguardaban autoridades, familiares, viejos amigos, músicos de la ciudad e invitados especiales; de éstos, la mayoría eran de ésos a los que nadie juna, pero… Después del recibimiento oficial apareció una de las imágenes más recordadas de aquella jornada: los cuatro saludando desde el balcón mientras la Banda de la Policía de Liverpool interpretaba «Can’t Buy Me Love».

En medio del jolgorio, Lennon realizó un saludo nazi que hoy resultaría impensable. Desquicio. Pero era tal la locura imperante en ese momento que semejante gesto apenas generó comentarios.

Neil Aspinall, histórico asistente y amigo del grupo, le restó dramatismo al episodio: «John salió bastante bien parado de esa. Nadie pareció darle demasiada importancia. Él siempre era un poco irreverente. Cuando estaba nervioso hacía cualquier cosa para aflojar la tensión».

La ceremonia continuó en el interior del edificio. El alcalde, Louis Caplan, pronunció un discurso ante más de setecientos invitados y cada Beatle recibió simbólicamente la llave de la ciudad. Luego compartieron un té en el salón del alcalde mientras el Concejo Municipal aprobaba una resolución mediante la cual eran nombrados Ciudadanos Honorarios de Liverpool.

Para unos pibes que apenas unos años antes tocaban donde podían para ganar unas pocas libras esterlinas, aquella escena debía resultar casi imposible de imaginar. Y, quizá por eso mismo, Lennon terminó dejando una reflexión que resumía mejor que cualquier otra lo vivido ese día.

«Lo que más felices nos hizo fue ver que todo el mundo, desde las autoridades hasta el más humilde de los scousers (N. de R.: podría decirse de los liverpudlianos «de a pie»), nos trató con muchísimo cariño y nos dedicó elogios que, sinceramente, no sé si merecíamos».

Poco antes de las nueve de la noche, los Beatles dejaron el Ayuntamiento y se dirigieron al cine Odeon para la avant premiere benéfica de «A Hard Day’s Night». Después de la función, abordaron nuevamente un avión rumbo a Londres. La visita había durado apenas unas horas.

Pero bastaron para que Liverpool cerrara un círculo perfecto: despedir como hijos a cuatro muchachos comunes… y recibirlos otra vez convertidos en leyendas.

Porque, al fin y al cabo, antes de conquistar el mundo, John, Paul, George y Ringo habían sido simplemente eso: cuatro chicos de Liverpool que soñaban con tocar rock and roll. Y aquel 10 de julio de 1964, por unas pocas horas, volvieron a casa… sin comprender aún que ya habían cambiado el mundo.

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