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¿Qué ciudad estamos construyendo?

Nota de opinión por Martin Mader, diplomado en Comunicación Política.

Nadie pone un pie en la vereda por la mañana pensando en urbanismo. La preocupación suele ser bastante más terrenal, llegar a horario, esquivar un pozo, encontrar estacionamiento o rezar para que el semáforo no vuelva a ponerse en rojo. Sin embargo, mientras nos ocupamos de pequeñas cosas como esas hay una pregunta que casi siempre dejamos pasar: ¿qué ciudad estamos construyendo?.

Quizás el primer paso sea aprender a mirar con otros ojos, ya que las ciudades tienen la extraña capacidad de volverse invisibles para quienes las habitan. Recorremos las mismas cuadras, esperamos en los mismos semáforos, pasamos por las mismas plazas y terminamos convencidos de que todo es como es porque no podría haber sido de otra manera, pero basta detenerse un instante para comprender que nada es casual. La altura de un cordón, el ancho de una vereda, la ubicación de una escuela, la disposición de una plaza, las especies de árboles que acompañan una avenida, la tipografía elegida para los carteles de señalización o la existencia de una bicisenda son decisiones humanas. Fueron imaginadas, diseñadas y ejecutadas.

La buena noticia es, como dice Drexler, “nada se pierde, todo se transforma”, por lo tanto, lo construido puede reconstruirse y de este modo, dejamos de pensar la ciudad como un sustantivo, para convertirla en verbo.

La urbanofilia es la posibilidad de volver a enamorarnos de nuestras ciudades. Dicho de este modo, no se trata de un romanticismo ingenuo ni de negar los problemas. Al contrario, se trata de recuperar la capacidad de ser crítico.

Hace algunos años, en Barcelona, el municipio advirtió junto con las escuelas que muchos chicos llegaban en bicicleta acompañados por sus padres, la respuesta fue adaptar esta iniciativa cerrando calles aledañas para que puedan transitar de manera segura y cómodos en horarios de ingreso y egreso. Algo parecido ocurrió en Venado Tuerto, donde hace tiempo se comprendió que el futuro de una ciudad no podía depender exclusivamente de una gestión.

Por eso se convocó a centros de estudiantes, empresas, clubes, asociaciones civiles, cámaras empresariales y distintas instituciones, para pensar un horizonte compartido de cara a las próximas décadas. La pregunta era sencilla y profunda a la vez: ¿cómo queremos vivir dentro de treinta años?.

Existe una vieja máxima del urbanismo que resume esa manera de pensar: primero la naturaleza, después los espacios y finalmente los edificios. Dicho de otro modo, antes de preguntarnos qué queremos construir, deberíamos preguntarnos cómo queremos vivir.

Entonces, ¿Alcanzan las buenas intenciones? Imaginemos a un dirigente político con la decisión de construir una bicisenda o a un grupo de vecinos organizados alrededor de una huerta comunitaria en un espacio verde. Pensemos también en aquella idea que alguna vez se nos ocurrió y quedó archivada en nuestra cabeza simplemente porque nunca encontramos dónde compartirla. Cada comunidad puede empezar desde donde está y con los recursos que tiene. No hace falta esperar la política ideal ni el contexto perfecto.
Hace falta generar encuentros, volver a encontrarnos y, si se permite la expresión, militar el roce de lo humano y de lo cotidiano.

Sin embargo, las buenas intenciones por sí solas tampoco alcanzan. Una política urbana seria debe ser capaz de mostrar resultados concretos, de mejorar la vida diaria y de ofrecer respuestas tangibles. 

Pero incluso allí conviene ir un poco más allá. Las ciudades son, en definitiva, el escenario donde se define si seguiremos profundizando las fracturas sociales o si seremos capaces de construir formas nuevas de convivencia. En tiempos donde la fragmentación parece imponerse, la ciudad continúa siendo uno de los pocos espacios donde todavía es posible encontrarse con el otro, compartir una plaza, una escuela, una biblioteca.

En conclusión, ¿Qué ciudad queremos construir cuando mañana pongamos un pie en la vereda? Tal vez la respuesta no se encuentre en una gran obra ni en una idea extraordinaria. 

Tal vez empiece por algo mucho más simple. Volver a enamorarnos de la ciudad y comprender que, en el fondo, hablar de ella es una manera de hablar de nosotros mismos y del mundo que queremos dejar.

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