
Opinión: Por Milagros Agustina Furlan
Hay momentos en la historia de un pueblo en los que se logran dejar de lado las diferencias, aunque sea por un instante, para reunir las miradas en una misma dirección. Son esos momentos en los que volvemos a reconocernos como parte de una misma Nación, en los que compartimos la emoción, el aliento, la esperanza y la certeza de que, cuando hace falta, sabemos estar juntos.
Los argentinos conocemos muy bien esa sensación. Sensación que, muchas veces, nos interpela cuando la pelota empieza a rodar en la cancha, cuando juega nuestra Selección y un país entero se pone la misma camiseta. También está presente cuando las dificultades, individuales o colectivas, nos apremian y la tragedia irrumpe en nuestras vidas. Porque si hay algo que no nos falta es pasión, solidaridad y amor por el otro.
Sin embargo, hay encuentros y acontecimientos que trascienden la alegría de una victoria, la solidaridad frente a la adversidad o cualquier otra emoción compartida. Son esos momentos los que permanecen en la memoria de un pueblo porque hablan de su historia, de sus raíces más profundas, de sus valores, de sus sueños y de sus esperanzas. Y, por sobre todo, porque renuevan la convicción de lo que todavía somos capaces de construir juntos.
En sus inicios, Robert Prevost era un hombre prácticamente desconocido para la mayoría. Nació en Estados Unidos, pero pasó gran parte de su vida entregada como sacerdote y obispo en el Perú, especialmente en su querida Diócesis de Chiclayo. Allí dio su vida al servicio de los pobres, recorriendo pueblos, acompañando comunidades y llevando el Evangelio hasta las periferias geográficas y existenciales. Y mientras lo hacía, siempre se mostraba como un hombre sencillo, cercano y dispuesto a caminar junto a la gente.
León XIV fue elegido como Sucesor de Pedro el 8 de mayo de 2025, el mismo día en que los argentinos celebramos a la Virgen de Luján, Patrona de nuestro país. Para muchos creyentes, aquella coincidencia fue como un guiño del cielo hacia nosotros, un signo de esperanza después de la partida de nuestro querido Papa Francisco.
La elección de su nombre tampoco fue casual. Al llamarse León XIV quiso rendir homenaje al Papa León XIII, quien a fines del siglo XIX sentó las bases para la Doctrina Social de la Iglesia con una mirada centrada en la dignidad humana, el trabajo y la justicia social.
Así como León XIII buscó responder a los desafíos de su tiempo, marcados por los cambios de la Revolución Industrial, León XIV parece señalar que la Iglesia también debe acompañar los desafíos del presente: los avances tecnológicos, la inteligencia artificial y las transformaciones que atraviesan a la humanidad. Su nombre es un mensaje que nos recuerda que, frente a cualquier progreso, nunca debe perderse de vista la dignidad humana.
Pero más allá de los grandes desafíos del mundo actual, leer un poco de la historia de Prevost nos hace pensar, inevitablemente, en esos curas que gastan la vida caminando junto a su pueblo. A nosotros, los argentinos, esa imagen nos lleva enseguida al Cura Brochero, nuestro santo: un pastor que hizo del camino un modo de amar y de servir. En esa sencillez, en esa forma de estar cerca de la gente, hay algo que también identifica al Papa León XIV, quien hoy inicia su papado en un mundo polarizado y atravesado por la guerra, la violencia y la pobreza.
Quizás es por eso que uno de los mensajes que más resuena del comienzo de su pontificado es una frase sencilla, pero profunda: «La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en que miramos, escuchamos y hablamos de los demás» .
Es ahí mismo donde podemos ver y entender que León XIV llega a nuestro mundo como un peregrino de la paz. Y hoy, la visita del Papa a la Argentina se presenta como uno de esos momentos capaces de unirnos.
Después de casi cuarenta años desde la última visita de un Papa a la Argentina, nuestro país vuelve a prepararse para recibir a quien hoy dirige a la Iglesia Católica. Las parroquias, los colegios, los movimientos, las familias, los jóvenes, los adultos mayores, los pobres y los que están un poco mejor posicionados económicamente esperan esta visita con ilusión y se preparan con mucho entusiasmo para ella.
Mientras esperamos su llegada, muchos volvemos a rezar con las palabras de la Oración por la Patria: «Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos. Nos sentimos heridos y agobiados; precisamos tu alivio y tu fortaleza…» . Y desde Luján, donde tantos argentinos vuelven una y otra vez para poner su vida en manos de la Virgen, sigue resonando aquella invitación sencilla: «Argentina, canta y camina» . Porque un pueblo que camina unido siempre encuentra motivos para volver a empezar.
Ahora bien, es necesario que entendamos que no se trata solo de un acontecimiento que interpela de manera particular a los católicos. Es una invitación abierta a todo el pueblo argentino como una oportunidad para quienes no participan de la vida de la Iglesia, pero creen que nuestro país necesita volver a encontrarse desde la esperanza, el diálogo y la unidad para poder construir un futuro compartido.
León XIV ha dicho que «la Iglesia debe ser un arca de salvación que navega por las aguas de la historia, un faro que ilumina las noches del mundo» . Esa imagen no habla de una Iglesia encerrada en sí misma, sino de una Iglesia que acompaña, que sale al encuentro y que ilumina el camino de los pueblos cuando parecen perder el rumbo. Tal vez esa sea también la invitación que hoy recibe la Argentina.
Después de tantas ilusiones y desilusiones; después de tantos hombres y mujeres que entregan silenciosamente su vida en los barrios, en las escuelas, en los comedores, en las cárceles y en tantos lugares donde nadie los ve, también es tiempo de mostrar esa otra cara de la Argentina. Una Argentina solidaria, creyente, comprometida y capaz de tender una mano.
Y si somos capaces de unirnos detrás de una camiseta durante todo un Mundial, cuánto más deberíamos ser capaces de encontrarnos cuando alguien nos invita a apostar por la paz, el diálogo y la esperanza.
La visita del Papa León XIV representa mucho más que un acontecimiento histórico. Es una oportunidad para recordar que todavía podemos encontrarnos más allá de nuestras diferencias, construir puentes en lugar de levantar muros y recuperar la confianza en que un futuro distinto es posible. En un mundo marcado por las guerras, la violencia y la polarización, es una invitación a mirarnos como hermanos y recordar que la paz comienza en cada uno de nosotros.
Bienvenido, peregrino de la paz.
Argentina te recibe con alegría.



