
El hotel Hyatt Ziva Cancún, en el Caribe mexicano, destaca dentro de una zona donde hoteles de lujo no faltan. 547 habitaciones con vista al mar; a un paso de las playas con arena blanca y a un minuto, caminando por calles sin nombre, del famoso Faro de Punta Cancún. En 2025 fue consagrado el mejor hotel familiar de México.
Este sitio renombrado, que da empleo a cientos de personas, cuenta desde hace 2 años y 3 meses con un sanlorencino en uno de sus cargos con mayor responsabilidad: Arturo «Chino» González es el Chef Ejecutivo, lo que implica que desde su oficina debe estar a cargo de todo lo que se mueve en la parte culinaria. «Veo presupuestos; reviso horarios y costos de comida y de personal; superviso qué se compra en productos y calidades; gestiono recursos, y estoy muy atento a la manipulación alimentos en una empresa que es súper estricta en ese aspecto, ya que tiene estándares de calidad de alimentos muy altos».

Chino tiene 47 años de edad y hace 15 que se fue al exterior. «Hoy no cocino tanto; más que nada, lo hago en eventos que organizamos», precisa. Con su esposa mexicana Adriana tienen una hija de 6, Valentina, nacida en República Dominicana y que lo mantiene en estado de emoción permanente. «De lo que tengo, lo principal es la familia», afirma él. «Cuando estábamos de novios y surgió una chance de viajar a Bahamas por trabajo, Adriana me dijo: ‘Te acompaño hasta el fin del mundo’ «. ¿Cómo no rendirse ante semejante gesto?
De lavaplatos adolescente a chef ejecutivo con fama internacional
En la casa de San Luis 319, en San Lorenzo, la abuela Pitina amasaba fideos, tortas fritas y masa para pizza mientras criaba a Arturo desde el primer año de vida de éste. «Por ella es que me gusta la cocina», jura el hombre que lidera a un equipo gigantesco de chefs y demás en Cancún. Aunque todo fue sólo por gusto hasta que hubo que salir a buscar laburo. «Yo tenía 17 años; necesitaba trabajar de lo que fuera y entré como lavaplatos en la pizzería de Avenida San Martín casi Entre Ríos». Era 1996 y la piedra basal estaba puesta.
Chino admite haber aprendido que «para crecer en tu trabajo siempre necesitás de alguien que crea en tu talento». En ese primer trabajo se cruzó con otro chef de estos pagos, Cristian Racich, y gracias a sus enseñanzas y a su apoyo llegó a liderar, primero, la cocina del lugar, y luego, la de la casa de comidas de Riccheri y General López. La carrera se había iniciado y la bandera de llegada estaba muy lejos, aún.
«Pasé por un par de lugares más y recalé unos 3 ó 4 años en el bar de Riccheri y Parente, donde armé la carta en base a personajes de Thundercats, Mazinger, y que el año pasado aún conservaban», cuenta el chef nacido en Bell Ville y recibido en el Instituto Gato Dumas, de Rosario. Justamente en la Cuna de la Bandera trabajaba, en 2008, en el restaurante del hotel ubicado en Mitre y Catamarca, cuando Cancún apareció por primera vez en su vida. «Conocí al chef español Ignacio Azcona, quien trabajaba en el Hotel Meliá de esa ciudad. Nos hicimos muy amigos; me contó de su vida allá, y un año después me llamó porque dijo que necesitaba un chef argentino que supiera de parrilla. ¡Casi me muero! Era un sueño trabajar y aprender fuera del país».
Arturo mandó su currículum y recibió respuesta a los 3 días. Corrió a hacer los papeles imprescindibles para viajar… pero el contacto se interrumpió por casi 9 meses. «Cuando yo daba por hecho que nada más pasaría, me llamó Ignacio: ‘En tres días, sí o sí, tenés que estar acá’. ¡Imaginate! Con ayuda de mi amigo Lisandro, que trabajaba en una agencia de viajes, conseguí un pasaje a los dos días, pero ¡carísimo! Y yo no tenía los recursos». Pero no por nada Arturo está convencido de que siempre se necesita de alguien que dé una mano: «Me prestaron plata mi tía y Carolina, mi novia de entonces, y pude viajar. Ignacio me fue a buscar al aeropuerto y me llevó a conocer el hotel, que me voló la cabeza». Había llegado a Cancún, pero mucha agua correría bajo el puente todavía. Aguas turbulentas, se diría.
«Por ser extranjero, la compañía me dio un departamento que sólo tenía cama, un colchón como para faquires (ríe), almohada y una sábana. nada más. Ni ventilador tenía, y como mis papeles demoraron un mes en estar listos, me morí de calor», cuenta, con gracia. Pero, entusiasta siempre y dispuesto a no perder la oportunidad sin haber hecho todo lo que estuviera a su alcance, Arturo bancó la parada y sobrellevó la imposibilidad de tener contacto con su familia («Tenía un celu viejo que sólo podía enviar mensajes dentro de México») y los 30 días de aislamiento y sin trabajar. «Sólo me conectaba por Messenger desde un locutorio. Aprendí mucho de mí mismo; aprendí a aguantármelas solo. Pero al fin empecé a trabajar y, con el sueldo, a mejorar. Compré celular, tablet, y equipé mi departamento hasta convertirlo en una casa confortable».
Ese primer sprint de progreso sufrió un cimbronazo enorme. «Carolina me dejó. Habíamos proyectado que ella vendría a vivir conmigo pero declinó hacerlo. No me avergüenza decir que me rompió el corazón y que estuve un año de duelo». ¿Cómo enderezar el rumbo, entonces?. «Me enfoqué en el trabajo, en crecer por ese medio, en aprender cada día. Fui humilde y respetuoso; nunca me acredité algo que no fuera mío. Y eso me abrió puertas». Así las cosas, el subjefe ejecutivo a cargo de los 10 restaurantes del Meliá fue enviado a Bahamas (aquel viaje al que lo acompañó Adriana), donde estuvo cinco años y donde ganó una beca para estudiar en Basque Culinary Center de San Sebastián, España; de lo mejor del mundo. Estuvo en Miami, en Puerto Rico, otros cinco años en Dominicana y hasta volvió temporalmente a Argentina para abrir el Meliá Iguazú. Ya estaba ubicado, con familia constituida y ganando buen dinero. Al cabo, con su realidad superando sus mejores sueños. Merecidamente, claro.

«Estoy en el mejor momento de mi vida»
Chino conoció a no pocas personas gracias a su trabajo, que hoy le insume un promedio diario de 12 horas. Luis Miguel, Marco Antonio Solís, Gloria Trevi, el DJ Hernán Cattaneo, el ilusionista Criss Angel, fueron algunos de lo que probaron su pericia en la cocina. Pero ni eso ni los viajes ni los fastuosos sitios que pudo visitar se comparan con tener a su familia. «Formarla fue lo más importante que hice en mi vida», afirma, con un tono de voz que hace que uno no pueda dudar de lo que dice.
Ya que de familia hablamos, ¿qué hay de Argentina? «Extraño mucho. Estuve el año pasado como jurado y presidente de mesa del Mundial de Carnes. Fue un honor y me permitió seguir aprendiendo, porque la cocina es como la vida misma: siempre estás aprendiendo, y yo tengo muchísimo por aprender», destaca, y describe que su nostalgia se enfoca «en mi casa de San Lorenzo, mi familia, las reuniones con amigos, las sobremesas, el recordar lo que hemos vivido; ese calor humano argentino. Nuestra cultura es muy pasional; el saludo con un beso o un abrazo no se ve en México».
El hombre volverá al país para la edición 2026 del Mundial de Carnes y, claro, se dará una vuelta por la Ciudad Histórica, donde se crió y creció y donde todo empezó. «Estoy en el mejor momento de mi vida; contento por la decisión que tomé en su momento y por lo que pude hacer. Por eso, siempre comparto todo lo que sé. Creo en compartir todo, para que vengan cocineros mejores que uno y la rompan en la gastronomía», avisa, generoso. Quizás por esta última cualidad es que al despedirse, expresa: «Agradezco todo el tiempo a cada persona que pasó por mi vida: amigos, chefs, cocineros, empleadores. Siempre alguien me empujó, me acompañó, me mostró un camino, confió en mí, me dio una oportunidad. Siempre».
Una vaca entera a la parrilla en la Riviera Maya
https://www.instagram.com/reels/DR5WdpIkWFM
(Arturo, en «A Chance to Meat», festival gastronómico en México, donde se dio el lujo de cocinar la res y de prenderla fuego con tequila)



