
Febrero de 2001. Calor, humedad y mosquitos. San Lorenzo en verano, al fin y al cabo. En la canchita de la Vecinal Barrio Islas Malvinas, en calle Malvinas 2801 y junto a la vía del ferrocarril, diez niños y dos adultos se encuentran por primera vez. El ciclo lectivo no empezó aún, pero en esa cita nace una escuela: la Escuela de Fútbol Islas Malvinas. Se cristaliza así el sueño de un hombre que hoy, a sus 49 años, asiste no con inercia, sino con actividad plena, a las bodas de plata de esa entidad.

«Siempre le dije a mi mamá que iba a ser entrenador de fútbol», asegura Javier Colombari, alma mater y nervio motor de la «Escuelita Malvinas», a la cual le dio vida junto al profesor totorense Daniel Medina. Javier jugó al fútbol federado hasta 2005, aunque… «Cuando empecé el profesorado de Educación Física, en el 2000, también comencé a dejar de lado el hecho de jugar. Fui perdiendo la pasión por jugar a medida que crecía mi pasión por formar», observa, en un alto de su trabajo de organizador de un mega torneo infantil y juvenil en el Club Sportivo Rivadavia, de San Genaro, con lo cual sostiene y reverdece un vínculo que nació en su infancia.
Un legado familiar ligado a los desafíos
Javier y su familia se mudaron desde San Lorenzo a lo que entonces era San Genaro Norte cuando él tenía 6 años, en 1983. «Mi papá generó un proceso que le cambió la vida a Rivadavia y a la región, involucrándose en el fútbol y organizando torneos y viajes a buena parte del país. Puedo decir que mi familia está ligada a los desafíos, a hacer cosas diferentes», cuenta. Eso se tradujo en «impulso, ganas y deseo; así fue la creación de Malvinas».
Desde 2017, la escuela se desarrolla en el predio deportivo situado en bulevar Urquiza 2550. Allí encontró asiento cuando tuvo que dejar el terreno de la vecinal debido a la cantidad de chicos que asistían. Hoy cuenta con 15 personas trabajando y alrededor de 350 jóvenes, entre chicos y chicas, nacidos entre los años 2009 y 2022, que cada fin de semana disputan no menos de 30 partidos «entre las ligas Totorense, EFA (Escuelas de Fútbol Agrupadas) y ARFI (Asociación Regional de Fútbol Infanto Juvenil)». En la Totorense, por cuestiones de jurisdicción y gracias a un convenio con el Club Belgrano, de Serodino, participa bajo el nombre de Belgrano B desde hace cinco años. Pero para llegar a esto, los muchachos y las muchachas han recorrido un largo camino…

Los «intervecinales»: la génesis
«Arranqué con folletitos caseros que les entregaba a los chicos y a sus padres a la salida de las escuelas», rememora este hombre que lleva 27 años «dedicados ciento por ciento» al fútbol. «El ‘boca a boca’ también funcionó, y así fue como chicos que jugaban en otros clubes también entrenaban con nosotros».

Pero lo romántico no se opone a lo organizativo. «Lo primero que hicimos fue organizar torneos intervecinales; cada vez en una vecinal diferente. Así nos fuimos formando. Y en 2004 dimos el primer paso importante al afiliarnos a EFA. A la vez, fue aumentando la captación de chicos y empezamos a ser una opción más elegida en San Lorenzo», repasa Javier, mientras retrasa el momento en que deberá arrimarse a la parrilla para asar un pollo para el almuerzo dominical en familia. «Luego llegaron más torneos y, sobre todo, los viajes para competir: a Sunchales, a Córdoba, a la Costa Atlántica, a Uruguay y a Chile, por nombrar sólo algunos destinos», prosigue.
El entrenador recuerda aquel inicio y a sus primeros alumnos. «Actualmente, cuando nos vemos, nos recordamos bien. Eso es tan lindo como ver a quienes salieron de Malvinas y llegaron a la primera división de AFA, como Gonzalo Álvez (exTalleres de Córdoba, Central Córdoba de Santiago del Estero e Independiente Rivadavia; hoy, en Central Norte de Salta) e Ignacio Zappulla (ex Gimnasia La Plata; hoy, en Brown de Puerto Madryn), aunque no es la premisa de Malvinas ubicar a jugadores en el profesionalismo, sino algo que se da, simplemente».
Formar, una pasión; saber perder, la regla número 1
«Lograr que entre los integrantes de una misma divisional haya competencia sana, que compartan su lugar y que quieran seguir aún sabiendo que algunos jugarán poco porque a la cancha entran once es un desafío hermoso. Y queremos lograr que ellos quieran tanto a Malvinas como la queremos los profes», marca el entrevistado. Es que en Malvinas se cultiva, desde el primer día de vida, el sentido de pertenencia, el cual – afirma – «crece año a año».

Pero también se inculca en la Escuelita que perder no debe generar un drama. «Es la regla número 1; fundamental para que puedan dar un salto el día de mañana». Claramente, no es fácil caerles bien a 350 pibes y a sus padres. «Para ser formador hay que tener mucha pasión, además de varias otras cosas. Día a día hay que evaluarse y reinventarse. Los chicos crecen y nos enseñan mucho, y ese ida y vuelta que se genera es lo más lindo, porque no se puede imponer por imponer», postula, con convicción.
Malvinas: «Las puertas están abiertas para todos»
Algo de aquello que Spinetta plasmó en 1973 en «Cantata de puentes amarillos» se hizo carne en el señor Javier Colombari: «Aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor. ¡Mañana es mejor!«. Vean, chicas y muchachos, amigos y vecinos: «Siempre digo que el año que arranca es el mejor. Malvinas y otras escuelas que se sumaron se ayudan entre todas y le han hecho bien a la parte deportiva y competitiva del fútbol de la ciudad».
Ese «bien» tiene su pilar en lo que Javier describe como «una escuelita donde las puertas están abiertas para todos: para quienes tienen gran talento y para aquellos a los que les cuesta un poco más. Tratamos de acompañar a cada uno de la mejor manera y sin hacer diferencias. Y queremos a cada chico por igual».
La voz de Javier toma un color que no tuvo durante el resto de la charla cuando se lo invita a contar qué es Malvinas: «Mi pasión, mi sueño, mi realidad, mis días felices y no felices. Es parte de mi familia y el lugar donde el chico comienza con sus sueños; donde debemos dejarlos soñar y enseñarles que no todo es color de rosa y que hay otros sueños, y que cuando se termina un sueño tiene que comenzar otro. Si logran eso, podrá encarar cosas diferentes de vida».
Desde aquellos diez niños hasta estos 350 pibitos y no tan pibitos. De aquella canchita semi pelada a esta estructura mayor pero que no obstaculiza el anhelo de concretar tener el propio predio. «Gracias a cada niño y a cada familia por estos 25 años. Perdón si no cumplí con sus expectativas; vamos por más, siempre».




